Por: Sara Martínez Ramírez
Y vaya si representa un problema; por supuesto, uno al que estamos más que acostumbrados. vivir en lo que pudiera ser y no en lo que ocurre
Son los tiempos que corren, y los inicios de 2026 no resultan tan distintos a como cerramos 2025. Las personas, las familias, las instituciones, las empresas y los gobiernos se despiertan con el mismo timbre que reza: “ya nos ha cogido la tarde”. De este modo saltamos a la cotidianidad corriendo, sin pausa, sin espera, a veces sin reflexión, pero, sobre todo, sin escucha.
La ceguera del individualismo rampante, sostenida por la ilusión de felicidad y consumo constante promovida por las redes sociales, nos insta a pensar que nuevamente podemos hacerlo todo: desde retomar un plan de ejercicio hasta recuperar normalidades añoradas. Todo se apoya en el inicio del año como el comienzo de muchas cosas que antes no tuvieron fuerza y que, supuestamente, “así deben ser”.
Lo que pudiera ser se convierte entonces en una exigencia, tanto propia como dirigida a los otros: aquello que no estamos logrando y que deberíamos lograr, según los expertos, los analistas, los modelos de negocio y de vida, según los formatos del éxito.
Cada quien sabrá cuáles son sus propios “pudiera ser”: la relación que podría tener y no tiene, el sueldo que podría ganar y no gana, el peso que debería alcanzar y no logra, entre muchas otras expectativas.
Mientras tanto, el vivir ocurre, coherente con lo que puede y con lo que es real en las coordenadas del presente. Se ajusta, si se quiere, y ofrece señales necesarias; solo que ese “podría ser” no nos permite escucharlas. Así juzgamos con vehemencia las situaciones que se nos presentan: circunstancias sociales, políticas, culturales y emocionales que no coinciden con nuestras expectativas de lo que “debería ser”. Entonces nos resistimos, respondemos o, en su defecto, nos frustramos.
Los dos mecanismos más usados son claros. El primero: pelear con lo que aparece, entrar en lucha, criticar, juzgarnos a nosotros mismos por lo que no es adecuado, y caer —caer— en una dolorosa y enfermiza resistencia que termina debilitándonos; por un lado, por el esfuerzo constante, y por otro, porque al asumirse como víctima se justifica la queja inactiva.
El segundo mecanismo es intentar regresar a formas seguras del pasado, formas que funcionaron en un contexto que ya no existe. Es allí donde experimentamos regresiones de los sistemas: regresiones a lo tradicional, lo conservador, lo patriarcal y lo dominante, si se quiere. La consecuencia: un resentimiento más.
Pero un tercer camino puede presentarse ¿qué tal si nos amistamos con la vida y con el mundo del que participamos? No en el afán de adaptarnos pasivamente a lo que otros proponen, sino escuchando activamente lo que ocurre en nosotros y en nuestros grupos, junto con lo que va surgiendo. Poner de frente las preguntas, y las contradicciones sobre la mesa, la disposición del vivir sobre el pecho, recibiendo lo nuevo con entusiasmo co-creativo, en la convicción de que la única verdad es que queremos vivir y convivir en bienestar.
Para ello, tendríamos que tener la gallardía de asumir el desapego a “lo que pudiera ser” o a “lo que pudo ser”, evitando el dolor que surge de perder frente a las exigencias y expectativas. En palabras de Humberto Maturana, el sufrimiento no proviene de la pérdida de lo efímero, sino del apego al valor trascendente que se le atribuye a aquello que ya no es -aunque debería ser-. Reconocer este apego permite liberar la experiencia del peso de la expectativa y habilitar una relación más ética y consciente con el presente.